miércoles, 23 de enero de 2008

Cartel Polaco


Rufino Tamayo

Rufino Tamayo es uno de los pilares en la internacionalización del arte mexicano del Siglo XX.

Roberto Matta

martes, 22 de enero de 2008

Amnistía Internacional

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Arte y Diseño

ARTE Y DISEÑO

Roberto Santa Anna Torres



La dicotomía que plantea de entrada el título de las reflexiones que a continuación se despliegan no es algo nuevo dentro de los paradigmas de las disciplinas citadas, tan es así que muchos artistas y diseñadores la consideran del todo agotada y prefieren encaminar sus reflexiones teoréticas por otros rumbos. Sin embargo, es un hecho que en toda América Latina como es el caso de México, por lo regular el diseño se enseña en las facultades de arte y debido a esta característica se ha descuidado el aspecto de que el diseño, en este caso gráfico, aún no dispone de herramientas conceptuales lo suficientemente potentes como para dar cuenta de la peculiar manera de ser la estética del diseño. Pues como señala Juan Acha “…Las artes demandan un adiestramiento tanto para su producción como para su consumo; al consumo de los diseños lo singularizan el empirismo y la cotidianidad; el receptor se atiene al valor de uso del objeto diseñado. Casi nada sabemos de los efectos estéticos de los diseños: no contamos con un concepto realista y claro de las dimensiones estéticas de lo gráfico en comparación con lo artístico y lo pictórico”. Así, existe una debilidad del aparato teórico y crítico del diseño, que empobrece su repertorio de categorías fomentando las confusiones y ambigüedades en la definición de la propia disciplina. Confusión que abarca las dimensiones estética y de artisticidad en el diseño, entendiendo a éste como una nueva forma de arte, de ahí la proliferación de bienales y exposiciones donde se presenta como un “nuevo lenguaje expresivo”. Desgraciadamente en dichos eventos, las exposiciones de temas se convierten en muestrarios de ego- tecas personales y no en reflexiones de la disciplina. Pues como señalan varios autores, si el diseño en el marco de la sociedad de consumo y de la cultura de masas, ha terminado por convertirse en una actividad que opera casi exclusivamente en el terreno de lo simbólico, entonces nos encontramos con algo que, si no es arte, se le parece mucho. Inclusive hay quien opina que en la medida que el diseño es una actividad humana conciente capaz de construir formas que son capaces de deleitar, no hay ningún obstáculo para considerarlo arte. A todo esto habría que agregar el hecho de que las nuevas tecnologías han modificado el ejercicio profesional, a pesar de resistencias a reconocerlo, provocando mutaciones desde el proceso proyectual; si bien el hecho de que ahora se limite el acto creativo al simple trabajo en la computadora, confiere mucha libertad y velocidad creativa, adolece de esa falta de contacto directo tan necesario con los materiales, las técnicas de elaboración y la gente.
Citábamos acerca de las escuelas de arte y diseño que con ese título, sugieren, conscientemente o no, que ambos conceptos parecen estar suficientemente emparentados como para poder enseñarlos como sinónimos. Donde se puede admitir que arte y diseño comparten una vocación estética, cumpliendo ambos funciones sociales, e inclusive se admite que las posiciones de partida para la realización de una obra de arte y de una obra de diseño son distintas, pero se considera que el proceso creativo es el mismo.
En ese terreno de comuniones o divorcios existen variados puntos de vista. Juan Acha señala que: “…Artes puras v.s. artes aplicadas constituyen un falso problema: hay artes y diseños, como variantes estéticas especializadas de la cultura occidental”. Planteando inclusive, ante el hecho de la influencia de la plástica en el diseño el aspecto que: “…El diseño gráfico, en especial el cartel, llegan a la simplicidad de una lectura rápida y sumaria que lo caracterizará y que responde a la falta de tiempo del hombre actual; tal simplicidad se encarna, tarde o temprano, en la sensibilidad del hombre y será imitada por las artes tradicionales”. Como buen exponente de la cultura histórico-materialista, Acha no deja de plantear un aspecto social-económico-antropológico-psicológico que lo constituye el hecho de diferenciar los procesos que diferencian a las artesanías, el arte y los diseños en cinco instancias que serían:
1) La producción 2) El producto 3) El productor 4) La distribución y 5) El consumo. A lo que añade: “La definición histórica de las artesanías, de las artes y de los diseños por separado, nos obliga a analizar la producción, la distribución y el consumo de cada uno de ellos, enfocando el proceso social de cada uno de estos trabajos simples y sumando las diferencias escondidas entre los productos de distintos sistemas y entre los productos de diversas épocas”.
Otros autores ponen énfasis en que el diseño es dependiente de la estética asimilada por la sociedad donde este se desenvuelve. Que recrea pautas estéticas dejándose llevar por la evolución de la cultura general. Señalando que en cambio, el arte puede si lo desea el artista, romper todos los condicionantes y no está obligado a responder a esa expectativa de funcionalidad que tiene el diseño. Otros más hacen hincapié en que existe una frontera clara entre arte y diseño, aduciendo que al arte pertenecen aquellas obras en que las formas o las imágenes se emplean como vehículo para expresar emociones y sentimientos y que al diseño pertenecen aquellas que utilizan formas e imágenes para culminar alguna función práctica y que la carga expresiva que dichas obras tengan será una consecuencia colateral, no una finalidad.
En ese terreno es conveniente traer a la memoria, lo que se constituye dentro del diseño lo que llamaríamos “marca de autor” donde x diseñador elabora un estilo propio a través de innovaciones formales, llegando incluso a obtener sus trabajos status de colección, ejemplo de ello los carteles de Itzvan Oros. O inclusive el caso de que se constituya toda una escuela de diseño como el ejemplo de los cartelistas polacos, cuyos trabajos se han exhibido alrededor del mundo en galerías y revistas especializadas, deslizándose éstos hacia la franja de “expresiones artísticas”.
A pesar de ello muchos autores consideran el proceso de diseño como una actitud extremadamente racional y despojada de expresiones individuales espontáneas. Y señalan que por más pictórico que sea un cartel, y por más intuitivo que haya sido el método para diseñarlo y por más que una copia haya ido a parar al museo, el cartel será siempre un mensaje informativo-persuasivo con un fin específico y prefijado por otro que el autor. Pues consideran que no es lo mismo trabajar a partir de determinaciones impuestas que a partir de determinaciones elegidas libremente. Ya que el artista al producir su obra, no está ligado a ninguna exigencia de comunicabilidad. No significa esto que el arte no comunique, sino lo que persigue el artista es, en primer lugar, que acontezca un evento. El artista no suele tratarse con clientes que le presenten, por ejemplo, un problema de comunicación. El artista es su propio cliente y es él el que determina las reglas del juego. Por lo regular tampoco realiza su obra para un mercado preexistente con productos competitivos; él, su obra, va creando su propio mercado; no toma en cuenta si los compradores de su arte van a ser hombres o mujeres, jóvenes o mayores, y no está sujeto, por tanto, a estos condicionantes a la hora de crear.
Al contrario, un proyecto de diseño presupone siempre un encargo, que tomará en cuenta las exigencias del mercado en el que se insertará, su competencia, su precio, los materiales que se utilizarán. Otra de las exigencias es la comunicabilidad del objeto que se va a diseñar. Debe poder comunicar determinados conceptos a través de su aspecto, de sus colores, signos, formas, materiales, texturas, etc., para que a un receptor le evoquen los conceptos o significaciones; el diseñador traduce entonces significaciones verbales a los correspondientes signos visuales, del mismo modo que un traductor traduce un texto de un idioma a otro.
El diseñador no trabaja para si mismo sino para personas o empresas. Estas personas acuden con el diseñador para que les proponga soluciones. El diseñador necesita conocer toda la problemática relacionada con el objeto que debe diseñar. Esta información tiene que ser entendida y asimilada para poder, a partir de ella, configurar el objeto solución. Toda esta información condiciona de entrada el enfoque que deberá tomar el proyecto y delimita y determina la libertad creativa.
Otro argumento es el que señala que los productos de un determinado segmento de mercado suelen compartir ciertas tipologías de signos, hay lenguajes visuales preexistentes con su propia gramática y sintaxis. Hacen reconocible lo que son y su pertenencia a un género. Al iniciar un proyecto el diseñador deberá tener en cuenta la existencia de tales lenguajes visuales preexistentes y adaptar el proyecto a sus características. Aquí también la creatividad queda condicionada por tipologías de lenguajes preexistentes.
Es así, consideran varios artistas y diseñadores, que se evidencia que los puntos de partida y los procesos que producen, por un lado, una obra de arte y por otro una obra de diseño son completamente distintos, determinados por los diferentes puntos de partida de cada una; hacer arte y hacer diseño son dos actividades con diferentes funciones y finalidades. Sumándose a ello, el diseñador Bonsiepe considera: “ Las tentativas repetidas para encaminar el diseño para que sea considerado un fenómeno artístico derivan de la incomprensión de lo que es el arte y puede ser y de lo que el diseño es y no puede ser. Por razones de claridad intelectual, estos campos de acción y experiencia humana deben mantenerse separados”.
Es debido a estos planteamientos el que se plantee como una consecuencia saludable la desvinculación en la enseñanza del diseño de su apego por lo estético, por la expresión artística y personal, llevando la formación hacia áreas de conocimiento que ahora no se enseñan; recibiendo una formación visual que debería quedar supeditada a las exigencias de la especificidad del diseño. Una formación “artística” que conduzca a la autoexpresión del diseñador, a su “hacerse acontecer” en el diseño, debería, consideran, quedar desestimada.
Y existe quien afirma que el diseño no se define por un tipo de contenido cultural, que no constituye un género cultural ni una corriente cultural o ideológica, no se inscribe en ninguna cosmovisión determinada; sólo es subsidiario de un proceso productivo, debe de considerarse una fase de un proceso de producción; la fase de producción conceptual, prematerial, del producto. Añadiendo que el diseño no constituye un ámbito específico de la cultura como puede ser el arte. Que se trata de un medio de producción, un insumo tecnológico peculiar, una técnica de planificación de productos. Una tecnología conceptual abstracta. Por lo tanto comparar el arte con el diseño como si fueran ámbitos de la producción cultural paralelos y equiparables es tan improcedente como comparar el arte con la tecnología. El diseño y el arte no se sitúan, para ellos, en un mismo universo; el diseño a secas es una pura modalidad o medio de producción y el arte es un género de la cultura simbólica junto a la ciencia o la filosofía.
Por todo esto, es que sostienen que se juzga, erróneamente, los trabajos de diseño desde una arbitrariedad estética totalmente institucionalizada. Para luego desconcertarse al ver a los jóvenes diseñadores creyéndose artistas, situación natural con una formación centrada principalmente en el campo formal y en que las únicas teorías que se enseñan son estética e historia del arte. Observándose que los alumnos egresan del ciclo formativo, con un gran entrenamiento técnico, pero generalmente repiten todos el mismo lenguaje visual o un mismo estilo, el del maestro. Uniéndose entonces el empobrecimiento teórico con el empobrecimiento visual, al reemplazarse el análisis y el pensamiento crítico con una estética autoexpresiva, quedando expuestos a los impulsos de las modas sin tener nada propio que aportar.
Pudiéndose decir que no hay riqueza visual sino hay riqueza de pensamiento; si se forman alumnos en el área del diseño gráfico, que tengan una gran destreza en el lenguaje visual pero sin capacidad para pensar una metáfora, se generará una ausencia de conceptos que repercute ineludiblemente en la pobreza visual.
Como se apreciará en todos los comentarios arriba vertidos, la reflexión hacia el campo disciplinar del diseño encuentra aún muchos paradigmas que deben de analizarse tanto en escritos como en foros que propicien, en verdad, la reflexión referida.